11/3/12

31.



Me asomo desde el mirador de un pueblo antiguo que da a su río histórico. Al borde del pronunciado desnivel de la fortaleza veo allá abajo el paso de las legiones romanas o tal vez las mesnadas de un señor feudal. Solo un rato después caigo en la cuenta de que se abren a mis pies unas vegas fértiles y extensas. La amplitud del paisaje me desborda y no acierto a fijar la mirada en lo concreto, pues todo me parece estar y no estar. Un poco más tarde un pensamiento reflejo me sugiere imaginar los cambios que aquel espacio ha podido tener a lo largo del tiempo. No sé por qué recuerdo entonces un comentario leído a Gaston Bachelard, algo así como que se sueña antes de contemplar. Mi alborozo no cesa y doy saltos. Me acaba de pasar lo que dice Bachelard, solo que dos veces, una al principio y otra al final. Extraño proceso circular en que la primera visión onírica me había conducido a esta última no menos soñadora. En medio, como el largo puente romano que cruza el río, había ocupado mi tiempo la parte insignificante de la realidad.



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