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Nunca entendí muy bien el horror al vacío de la imaginería religiosa. El horror vacui del Barroco era más miedo ideológico (la religión) a sus propias deficiencias que al concepto estético de las representaciones en sí. Ellos combatieron ese miedo al vacío potenciando una estatuaria escatológica desmesurada, un relleno exaltador abusivo, convirtiendo el escenario que habían sido sus templos históricamente en esperpénticas y abrumadores portadas, altares, capillas...Convirtieron la estética en el fin de la estética. Acaso porque la propia estética creada se revolvió y les hizo temer aún más. Tanto maximalismo icónico emponzoñó sus contenidos. Nunca se supo más si la doctrina desvirtuó el sentido de la estética, o si bien ésta hizo perderse a la doctrina en un mundo que se acababa. Desde entonces ni la estética al servicio del catolicismo ha levantado cabeza, ni la doctrina eclesial ha sido capaz de aportar algo nuevo. Se han destruído mutuamente. Las castas, perdidas en el canto de lo inexistente, solo saben mostrar su lado de poder y de negocio. Su buena nueva queda demasiada lejos, y no son capaces de disculparse por la traición. Las estatuas de sus cortes celestiales se ríen desde las hornacinas, acumuladas de polvo doctrinal.



4 comentarios:

  1. ¡Y menuda estética!
    Hecha para confundir.

    Saludos

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  2. Creo que el día del Juicio Final, los representantes de dios en La Tierra llevarán atados a sus tobillos todas las esculturas de sus iglesias, parroquias, catedrales y abadías. Yo tengo muy claro que pasaré antes que todos ellos y que en cualquier caso, sólo llevaré ante dios, aquel escapulario que me regalaron de pequeño (antes de convertirme en un miserable ateo).

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  3. Por cierto, tengo un amigo de San Fernando que se dedica a la imaginería y que curiosamente ya se ha convertido en un hacedor indirecto de milagros. Paradojas de la vida, él también es ateo como yo.

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