10/4/12

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De pronto se me ocurre que voy en el autobús y que me pongo frente a mí mismo. ¿Qué trato de ver en mí? ¿Me reconozco o me topo con un extraño? ¿Me hace gracia la situación o entonces resulta que no me gusta el juego? ¿Me sorprendo ante mis perfiles desconocidos, me sobrecojo ante unas facciones aturdidas o trato de ahondar en mi propia mirada descolocada? Uno es ciego con respecto a su rostro, dice el dibujante y pintor Tullio Pericoli  -que sabe mucho de fisionomías y es capaz de proyectar el alma de los hombres a través de las caricaturas-. No tanto por la apariencia  -para dejarnos llevar por ésta disponemos de diferentes artilugios, desde el espejo hasta un vídeo-  como por el desconocimiento real del propio uso de nuestro rostro. Utilizamos a los otros de testigos de nuestras expresiones. Adoptamos aproximaciones, tanteando con el bastón de ciertas señales que, por experiencia, venimos adoptando ante situaciones de enfado, de risa, de comprensión, de aturdimiento...Nuestro rostro es siempre distante para nosotros mismos. Por más que nos miremos en los escaparates o en un ascensor aquello que denominamos nuestra propia cara es algo incognoscible.



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