25/2/12

13.

He subido a un autobús urbano que pasa por el manicomio. Sé que esta palabra es dura, que está cargada de connotaciones antiguas y no es políticamente correcta. Uno piensa enseguida en el cuadro de Goya, o en algo más cercano: hombres que chillan mientras se sujetan a los barrotes de un edificio decrépito allá por los años de infancia en Berlín. Todo ha cambiado en su forma, menos la locura en su fondo. En cierta parada se suben una quincena de individuos que vienen juntos pero que no hablan entre ellos. Todos muy adaptados a las circunstancias. Pican su boleto, pasan al interior, se asen a las sujeciones. Me he mirado de frente con varios de ellos. Mantienen la mirada con el ceño fruncido, los rostros pasivos, los ojos extremadamente abiertos. Probablemente pasen desapercibidos, lo cual se considera un triunfo por parte de la psiquiatría al uso y para tranquilidad de la sociedad del bienestar. En la parada que hay delante del hospital se vacía medio autobús. Lo que no he logrado entender es por qué me bajé yo también con ellos; tuve luego que ir andando a casa. Pero me invadía un sosiego interior asombroso.

  

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